¿Cuántas veces has pronunciado una palabra en otro idioma sin saber realmente qué significa? ¿ Y cuántas has estudiado conjugaciones, reglas gramaticales y listas de vocabulario sintiendo que aprender un idioma es como memorizar un código secreto sin instrucciones? Si te has sentido así, no estás solo. Y lo más importante: no es tu culpa.
Durante años de enseñanza individualizada he observado una y otra vez cómo estudiantes inteligentes y motivados abordan el aprendizaje de lenguas extranjeras como si fueran puzles lógicos que hay que resolver mediante la memorización. El problema no es la falta de esfuerzo, sino que nos han enseñado a olvidar algo fundamental: la lengua sirve para comunicarse. No es un conjunto arbitrario de reglas, sino una herramienta viva para expresar sentido, para conectar con otros, para pensar.
Hay un momento en el que todo cambia. Un momento en el que dejas de «estudiar» y empiezas a «comprender». Cuando eso sucede, el lenguaje deja de ser una lista de tareas pendientes y se convierte en lo que siempre debió ser: un puente hacia los demás.
La Lengua Extranjera, también (cómo la propia) para Comunicarse
Decía en esta entrada de blog: la lengua sirve para comunicarse. Era en un contexto de enseñanza-aprendizaje. Lo decía porque en mis experiencias de enseñanza individualizada estoy observando que hay una tendencia generalizada a abordar el estudio de la lengua extranjera como como si esta fuera nada más que un código arbitrario y un conjunto de reglas con cierta lógica que exigen memorización, y olvidan o ignoran que lo que se necesita para aprender una lengua es comprensión.
En esos casos, las personas experimentan su aprendizaje como una lista de tareas, que es en realidad como suelen enseñársenos los idiomas: hoy la conjugación, mañana los demostrativos y la semana que viene el subjuntivo y la pasiva refleja. Es decir, desde un punto de vista estrictamente gramatical.
Muchas pedagogías y didácticas se han desarrollado para paliar esto, ofreciendo enfoques comunicativos, discursivos, pragmáticos, dando preponderancia a la oralidad… Pero existe algo atávico en nuestra relación primordial con la gramática, y es natural. Sin conocer la estructura de una lengua podremos entender cosas, pero solamente a grandes rasgos; lo que es seguro es que no vamos a poder expresarnos.
La Digitalización no forzosamente Acorta el Camino
También, por razón del impacto que la digitalización de la información tiene sobre el saber, muchas son las voces que están levantándose para proponer una vuelta a modelos anteriores en lo relativo a la adquisición del conocimiento. A este respecto, en este artículo de Le monde diplomatique de enero de 2026 donde se hace un largo y argumentado “elogio del papel” por encima del formato digital de lo escrito, se mencionan estos puntos sobre la cuestión del estudio y de la educación:
- La memoria espacial para viajar por el texto se ve afectada por la impermanencia del formato textual, es decir, la distribución del texto en un espacio invariable, que no cambia según me desplace delante y detrás (que ahora, en general, es arriba y abajo) en el texto. Esto significa que no recibo igual la información y no puedo retenerla ni organizarla, ni reelaborarla como me permite el papel.
- Algunos países, como Suecia en 2023 están prohibiendo el uso de dispositivos digitales en los centros de enseñanza. Entre las clases instruidas, hay una reivindicación extendida de volver a “aprender como antes”.
- El tiempo y la pausa. La aceleración que ha conllevado la digitalización de nuestra vida afecta negativamente a la adquisición de conocimiento.
Esta larga digresión sobre la información digitalizada venía al caso por nuestra reflexión sobre los cambios que exigen los problemas del aprendizaje de lenguas, las cuales para mí son primordialmente instrumentos de comunicación.
La Relación entre Lenguaje y Sentido
Como se entenderá fácilmente, esto último no me impide entender la lengua como un instrumento para la expresión de la belleza y de lo sutil, y de especular filosófica y soñadoramente sobre su relación con el “sentido”. Desde el momento en el que queremos expresar algo (para acotarlo, para darle forma artística, para compartirlo), la pregunta queda formulada:
“Exactamente ¿qué es el lenguaje?”
Te invito a pensarlo con la escena final de esta película que retrata la vida de la célebre Helen Keller:
Cuando súbitamente esta niña sordociega que vivía sin lenguaje entendió lo que significaba “lenguaje”, es decir, que no se trataba simplemente de un código arbitrario sino que era una cosa fundamentalmente útil para la vida y para la relación con los demás, el pensamiento pudo desplegarse en su mente. Es decir, que con el lenguaje empezó a pensar. El lenguaje representó para ella la posibilidad de traducir su alma:
“Hasta ese día, mi mente había sido una cámara a oscuras, a la espera de que entraran las palabras y encendieran la lámpara, que es el pensamiento.”
Hellen Keller. El mundo en el que vivo. Atalanta, 2012 (Trad. Ana Becciu)
La vida de Helen Keller se transformó a raíz de su experiencia con el lenguaje. Como seres humanos criados en familias de seres parlantes, nuestra exposición al lenguaje es consustancial a nuestro nacimiento. En nuestra vida intrauterina accedemos únicamente a su parte sonora, no al sentido. Transcurrido un tiempo después de nacer, una vez comprendemos que el lenguaje sirve para significar, como a Helen Keller ya nada puede pararnos.
Un Día en Clase de Inglés con Silvia
Volviendo a mis observaciones en el campo de la enseñanza, en el curso de mis últimas experiencias me he dado cuenta con alegría del beneficio que reporta a los alumnos el darse cuenta de que una lengua sirve para comunicarse: expresarse y entender sentidos. Te contaré una anécdota.
Un día en clase de inglés, Silvia se encontró esta palabra: “Bitterness”. Era una entre otras palabras desconocidas de una novela adaptada que leemos juntas.

Cuando uno tiene que moverse en una lengua donde habitualmente tropieza con palabras desconocidas, la estrategia cognitiva más económica para “navegar” y lograr la comunicación es entender a grandes rasgos y obviar esos “islotes” en los que uno corre el riesgo de encallar.
Le sugerí descomponer esta palabra: “bitter” + “-ness”. De pronto, una luz se encendió en su mente y su cara se iluminó. ¡(Re)conocía el adjetivo “bitter”! Era el tantas veces leído y pronunciado (sin conocer su significado) en el nombre de una afamada bebida carbónica de color rojo. Su nombre no era arbitrario ‒Silvia acababa de descubrirlo‒ sino que designaba el sabor de la bebida: amargo. ¡Y cuántas veces lo había dicho!
Recorrimos de nuevo el camino que nos había llevado hasta ese punto, recompusimos el sustantivo y ella entendió que bitterness significa “amargura”. Así, de paso, pudo reactualizar que la amargura, en nuestro idioma como en inglés, es amarga. Color rojo y sabor amargo, como el pomelo.
La Importancia del Sentido para Todos
Silvia tiene 40 años y es de las alumnas que estudian por placer. Pero la importancia de entender se demuestra de igual manera con los niños, y especialmente en todo aquel estudiante que no estudia por placer ni por decisión propia. Vivo esta grata experiencia a diario ayudando a pequeños y mayores a descubrir el sentido en la lengua extranjera.
Ya vamos llegando al final. Retomando el hilo de la traducción, venía diciendo que esta es lenguaje y expresión, y fundamentalmente sirve para la comunicación.
Los eruditos han debatido mucho sobre esta cuestión de la utilidad del lenguaje y la consecuencia de esto en la forma de traducir formas estéticas (literatura). ¿Puede una traducción bella ser fiel? ¿Cómo aunar belleza y sentido en traducción?
He estudiado la traducción de poesía y he traducido obras generales donde abunda la poesía de las ideas. En la próxima entrada te hablaré de mi experiencia traduciendo del inglés y del francés sobre temas que guardan relación con lo que hoy hemos tratado: el tiempo, la palabra y el sentido.
Tal vez lo decisivo no sea el método, ni siquiera la constancia, sino esa chispa mínima que transforma un sonido en significado. ¿Cómo se provoca —o cómo se estropea— esa chispa?





